El aprendizaje de las desgracias que nos regala la vida

 

imagesCon frecuencia  no podemos elegir el momento en que las desgracias llegan a nuestra vida. En un momento estamos tranquilos (quizás no felices, pero la felicidad está sobrevalorada) y, aparentemente sin ninguna razón, pasa algo que de algún modo enturbia este estado de placidez y convierte nuestra piscina en un tsunami. Cuando eso ocurre, nos solemos sentir, en un primer momento, aturdidos. Es como si la base sobre la que sustentamos nuestra vida de pronto se tambaleara y, aquello que dábamos por sentado hace un momento, hubiera dejado de existir o se hubiese transformado en algo totalmente distinto.

Algunas personas, en esa situación, podrían tener la tentación de replegarse en sí mismas, de acurrucarse en una esquina y decidir que no harán nada hasta que todo pase. Es decir, dejarán que los efectos del problema se vayan diluyendo hasta que pueda parecer que no ha pasado nada. Desde mi punto de vista, es un pensamiento un poco ilusorio porque los problemas de la vida no se resuelven solos. Hay que hacer algo para resolverlos (alguien tiene que hacer algo, de hecho).  Como que alguien tiene que hacer algo, otras personas pueden decidir que sea “otro” el que haga algo para resolver la situación y aliviarles. Este pensamiento también es un poco absurdo, porque puede ser que el “otro” decida no hacer nada al respecto y, por lo tanto, eso nos remite al primer grupo.

Un tercer grupo de personas, sin embargo, decidirá pasar su pequeño (o no tan pequeño) momento de duelo y, después, se pondrá manos a la obra para resolver lo que haya que resolver para que esa desgracia deje de tener vigencia en su vida. Es decir, trabajarán para incorporar esa desgracia a su vida en forma de aprendizaje.

Aunque a veces la tristeza -o esa sensación de que “la situación me supera”- puede hacer que no veamos la solución con claridad, ello no implica que esa solución no exista. Lo que suele ocurrir es que, a veces, no podemos verla porque estamos mirando a otro lado.

Me gustaría compartir contigo esta historia para que, quizás, puedas sentir a lo que me refiero…

“Una hija se quejaba con su padre acerca de su vida y de cómo las cosas le resultaban tan difíciles. No sabía cómo hacer para seguir adelante y creía que se daría por vencida. Estaba cansada de luchar. Parecía que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.

Su padre, un chef de cocina, la llevó a su lugar de trabajo. Allí llenó tres ollas con agua y las colocó sobre el fuego. En una colocó zanahorias, en otra colocó huevos y en la última colocó granos de café. Las dejó hervir. Sin decir palabra.

La hija esperó impacientemente, preguntándose qué estaría haciendo su padre. A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un tazón. Sacó los huevos y los colocó en otro plato. Finalmente, coló el café y lo puso en un tercer recipiente.

Mirando a su hija le dijo:


– “Querida, ¿qué ves?”.

– “Zanahorias, huevos y café”, fue su respuesta.

La hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias, ella lo hizo y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera. Luego de sacarle la cáscara, observó el huevo duro. Luego le pidió que probara el café. Ella sonrió mientras disfrutaba de su rico aroma.

Humildemente la hija preguntó:

– “¿Qué significa esto, padre?”

Él le explicó que los tres elementos habían enfrentado la misma adversidad: agua hirviendo, pero habían reaccionado en forma diferente. La zanahoria llegó al agua fuerte, dura; pero después de pasar por el agua hirviendo se había puesto débil, fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua frágil, su cáscara fina protegía su interior líquido; pero después de estar en agua hirviendo, su interior se había endurecido. Los granos de café, sin embargo eran únicos: después de estar en agua hirviendo, habían cambiado el agua.

– “¿Cuál eres tú, hija?. Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes?”, le preguntó a su hija. ¿Eres una zanahoria que parece fuerte pero cuando la adversidad y el dolor te tocan, te vuelves débil y pierdes tu fortaleza? ¿Eres un huevo, que comienza con un corazón maleable, poseías un espíritu fluido, pero después de una muerte, una separación, o un despido te has vuelto duro y rígido? Por fuera te ves igual, pero… ¿eres amargada y áspera, con un espíritu y un corazón endurecido? ¿O eres como un grano de café? El café cambia al agua hirviendo, el elemento que le causa dolor. Cuando el agua llega al punto de ebullición el café alcanza su mejor sabor.

Y siguió diciendo:

– Si eres como el grano de café, cuando las cosas se ponen peor, tú reaccionas en forma positiva, sin dejarte vencer, y haces que las cosas a tu alrededor mejoren… Que ante la adversidad exista siempre una luz que ilumina tu camino y el de la gente que te rodea. Esparces con tu fuerza y positivismo el dulce aroma del café”.

 

Cada desgracia que nos ocurre, cada problema con el que tenemos que enfrentarnos en la vida, nos aporta una lección muy importante: nos da información sobre el tipo de persona que elegimos ser. Elige lo que quieres que ocurra después de cada desgracia y elige sabiamente.

 

Dr. Josep Mª Bertran.

 

UTIDA Centre Psicològic i Nutricional

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